miércoles, 11 de julio de 2012

No es que sea una muchachita trabajadora, es que tengo cuentas que pagar




A veces resulta demasiado difícil salir de una jaula con la puerta abierta, y más aún cuando, luego de haberla cerrado, una se da cuenta de que, después de todo, el problema no era la puerta, ni siquiera la jaula misma, ni el ave dentro, sino su dueño (el de la jaula, claro). He estado tan acostumbrada a permanecer encerrada a la luz del monitor, con la espalda tensada por unas obligaciones a las que podría decir NO si quisiera (o si pudiera) que empezó a aterrorizarme la idea de una libertad sin recursos, la libertad de ese noble caballero al que conocí, que dependía financieramente de los demás hasta para pagarse el bus, y aún así, sobrevivió con creces a lo que tímidamente yo denomino la sociedad. Y hasta le aprecian. Y no es noble, por cierto. Y no me juzgo, no me culpo sino a mí por encerrarme en esta caja –porque ya es más que una jaula– porque hay quien hace lo que se le viene en gana sin recursos y yo, con recursos o sin ellos, me quedo aquí, frente al monitor, escribiendo, mientras otros viven, o al menos, aparentan hacerlo. Y sí, lo sé, desde esta esquina se ve todo más negro, por el ángulo, ustedes saben, por este plano contrapicado en donde veo a todos más libres que yo. Libres. Dentro de sus limitaciones, alienándose de ellas. Ojalá a mí me hubiera tocado padecer este tipo de enajenación, pero no, a mí me fue otorgada la lucidez total, y es tanta que seguramente no durará mucho tiempo, dada su intensidad.

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